Una tarde con Gala, Kiwi y nosotras.
Lunes 16 de Junio, feriado. Una leve brisa habitaba el ambiente y
el cielo cubierto de nubes acompañaba la calma de la ciudad porteña. Caminé por
la Plaza del Congreso para cruzar la calle, y los tacones de mis botas hacían
eco en el silencio de la tarde. A lo lejos ya se leía el nombre del cine: Gaumont.
Íbamos a ver "Gala y Kiwi”, una película argentina independiente que sabíamos que exploraba
los hilos más profundos, oscuros y dolorosos de una amistad.
Cuando
entré, había una fila tranquila para sacar entradas.
Al principio de la cola estaban Sofi y Emma. Me acerqué, sacamos los tickets y nos quedamos esperando a Maga y Cata. Esa
pausa se volvió parte del ritual: mirar quiénes llegaban,
ver a las actrices pasar frente a nosotras, escuchar los comentarios de otras
personas que también venían a ver la misma
película. A unos minutos de comenzar la función, entramos a la sala con ansias.
Nos sentamos justo en el medio, donde sabíamos que podríamos apreciar bien el
film.
De a
poco, la sala comenzó a llenarse y tres figuras se hicieron presentes ante los
espectadores: Axel Cheb Terrab, el director, y las actrices Agustina Cabo
(Kiwi) y Carmen Fillol (Gala). Dedicaron unas palabras al público y miraron con
una mezcla de incredulidad y emoción cómo cada butaca había sido ocupada. Luego de la presentación, las luces que
brindan calidez dentro del cine comenzaron a apagarse lentamente, marcando el
inicio de la obra.
La introducción de la
película comenzaba de manera épica y en grande aparecían
los nombres Gala y Kiwi. La trama atrapó la atención de todos los
presentes desde el primer momento. Al poco tiempo de haber empezado, algunas
personas seguían llegando. Tres chicas al entrar no encontraron lugar, pero no
desistieron: se sentaron en los escalones de la sala, decididas a disfrutar la
película desde allí. Fue el único momento que despegué mis ojos de la pantalla, sorprendida por el interés del público.
Mientras
la película transcurría, el silencio era interrumpido en
los momentos exactos. Cada tanto, en un contagio colectivo, había un eco de risas. En una
escena puntual, una frase nos hizo mirarnos entre nosotras, entre la oscuridad,
con complicidad. Entendimos de inmediato qué era a
lo que nos hacía acordar. Cuando terminó, y los créditos
comenzaron a desplegarse en la pantalla, los aplausos no se hicieron esperar.
Salimos de la sala de a poco, con una mezcla de emociones que evidenciaba que
esa historia nos había atravesado.
En
la puerta de salida se encontraban Axel, Agustina y Carmen entregando stickers
y pequeños posters del film, para que los espectadores se llevaran consigo una
parte de la historia. Esperamos a que el público se fuera y ellos quedaran
libres para poder realizar las entrevistas. Mientras tanto, aprovechamos para
conectar micrófonos y localizar un buen lugar para grabar. Cuando se
acercaron, nos dividimos: el director
fue abajo junto con Maga y Cata. Afuera de la sala quedamos Sofi, Emma,
Agustina, Carmen y yo.
Las
actrices nos saludaron una por una con dulzura y respondieron a cada una de las
preguntas que habíamos armado con gran predisposición y entusiasmo. Una vez que
todo terminó, la noche ya había arribado. Juntamos nuestros sacos, guardamos
micrófonos y papeles. Al salir, las calles se iluminaban con las luces de los
autos, y de fondo el Congreso de la Nación
hacía que la escena se volviera aún más imponente. Nos quedamos charlando un
rato, todavía con la película en el cuerpo.
En mi vuelta a casa, la obra me seguía
rondando en la cabeza. Algo en esa historia sobre amistades que a veces duelen
más de lo que sanan me tocó de cerca. Coloqué aquel mini póster
de regalo en mi escritorio, para crear mi propio lugar poético. Como espectadoras, nos sumergimos en
una narrativa incómoda, pero real, que interpela desde lo más íntimo y nos
recuerda que el cine también puede incomodar para abrir los ojos. Ir a ver “Gala y Kiwi” fue apostar por el cine que se hace sin grandes presupuestos,
pero con mucha verdad, con historias crudas y perspectivas jamás contadas.
-Valentina Betsabé Frignani Manzo.
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