Fotografía viva: imágenes que laten en una feria independiente.

Personas se acercaban a los stands a sacar fotos de las fotografías exhibidas; parejas posando, una cáscara de naranja, burbujas en una bañera, todo el arte plasmado en una fotografía, dentro de una fotografía.

En la Décima Edición de la Feria de Fotografía, organizada por Agustina Larrondo (creadora de la feria y fotógrafa) el 7 y 8 de Junio en el Ex- CCK durante la tarde del domingo, personas hacían fila para poder ingresar al evento desde las escaleras del edificio. 

Niños corrían, un puesto de garrapiñadas y chucherías dulces y otros entusiastas de la fotografía adornaban el frente del edificio.

Este no tenía carteles, indicaciones, guías sobre donde se realizaba el evento, pero quienes iban sabían, ellos entendían que esa fila que decoraba los escalones del edificio de entusiasmo y curiosidad, era para entrar a la feria.

A las 14 horas, cuando se abrieron las puertas, desde las escaleras internas ya se divisaban sesiones fotográficas con temáticas tan diversas desde un casamiento con la cara de los novios difusa hasta imágenes de una tienda de ramen. Retratos íntimos, retratos que muestran y visibilizan comunidades queer y capturas cotidianas e improvisadas decoraban los pasillos formados por los stands de fotógrafos independientes, quienes conversaban entre sí y con los visitantes con tanta pasión, tanta sabiduría. 

En pisos superiores, donde talleres y seminarios se dictaban para aquellos interesados, se compartía arte, pero también sensibilidad y oficio. Se aprendía de forma colectiva, entre curiosos, estudiantes y artistas con trayectorias dispares - en auditorios de los pisos 4 y 5. Fuera de estos, personas se paraban a admirar la decoración y arquitectura del lugar, con cubos de colores colgando de los techos y bizarras sillas de madera que asemejaban escalones con revistas sobre ellos.

La música envolvía el ambiente por completo y reforzaba esa sensación de estar dentro de algo vivo, que respira y se transforma con cada paso, como ese cubo de colores que mutaba sus gamas o los propios ingresantes a la feria.

Salí de ese espacio con la sensación de que me hubiese gustado detenerme más, preguntarle a cada fotógrafo cuál fue su impulso, qué historia escondía cada imagen, por qué ese encuadre, ese color o esa luz.
Me fui sabiendo que, como en toda buena feria de arte, lo importante no fue solo lo que vi, sino lo que me quedó vibrando después. 



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