Cuando el subte se convierte en escenario: El arte callejero.

En los vagones de la línea A, donde lo cotidiano suele ser mirar el celular o esperar a que se abran las puertas, hay momentos en los que todo cambia. Una voz interrumpe la rutina, un beat comienza a sonar y alguien lanza un desafío: “¿Una palabra para rapear?

Santiago Cilli y Nero Disonante, dos freestylers que, con un parlante y una memoria llena de rimas improvisadas, transforman un viaje común en un muy divertido show. Pero lo suyo no es solo entretenimiento: es trabajo, arte y resistencia. Lo que hacen se inscribe dentro del arte callejero, una forma de expresión que se desarrolla en el espacio público, que escapa a los escenarios tradicionales y que existe gracias al contacto directo con la gente. El arte callejero puede adoptar muchas formas —música, danza, pintura— y tiene una cualidad única: habita el momento. Es efímero, pero contundente. 

Ambos trabajan en el subte de lunes a viernes, de 10 de la mañana a 4 de la tarde. Se levantan temprano, organizan su recorrido y se suben a los trenes con la misión de improvisar. Lo hacen pidiendo palabras al azar al público y, en base a eso, crean rimas en el momento. Es freestyle puro, sin guion ni ensayo. “A veces nos tiran palabras difíciles, o nos meten temas políticos que, tratamos de no meternos porque pueden generar bardo. Rapeamos desde lo que pensamos, pero hay veces que alguien se molesta porque no coincide, o incluso discuten con otros pasajeros”, cuenta Nero. Algunas personas los aplauden y colaboran con plata, otras los miran mal. Es parte del riesgo de habitar lo público.

Los dos combinan su trabajo callejero con competencias de rap. Participan activamente en batallas, tanto improvisadas como escritas. Santiago está muy enfocado en crecer dentro de las batallas escritas: ya compitió en una de las mejores ligas del país, destacado a nivel nacional, coronando en Bars Argentina, llegando a los grandes escenarios de Liga Bazookay y quiere seguir perfeccionándose. Nero, en cambio, utiliza las batallas como un medio para llegar a su verdadero objetivo: dedicarse de lleno a la música, sueña con que su trabajo llegue a un público más amplio. Sin embargo, sabe que las batallas le dan visibilidad y respeto. 

El mundo del subte tiene sus propias reglas. Cada uno se organiza como puede, pero entre todos sostienen un sistema basado en el respeto y la solidaridad. “Hay códigos. Nos turnamos con los vendedores, con otros músicos. Si vemos que alguien necesita más laburo, nos acomodamos. La idea es que todos podamos trabajar cómodos y que cada uno se lleve lo que se merece”, explica Santiago. Entre ellos no hay competencia, hay colaboración. Es un trabajo azaroso, sin sueldo fijo. Hay días en los que la gente está de buen humor, escucha y aplaude. Y hay otros en los que ni siquiera levantan la vista.

La mayor dificultad, sin embargo, no es económica: es el prejuicio. “Muchos no consideran que esto sea arte. Piensan que molestamos, que somos ignorantes. Pero no saben que Nero es un genio programando y componiendo música, y que yo estudio Filosofía, que fui docente. Hay una mirada despectiva hacia el arte callejero que ignora todo el trabajo que hay detrás”, cuenta Santi.

El arte callejero no siempre es valorado como debería. No tiene escenarios ni carteles con luces, pero sí mucha pasión y talento. No cualquiera se sube todos los días a un vagón a rapear frente a desconocidos, sin saber si va a salir bien o mal. Santiago y Nero creen en lo que hacen y disfrutan de expresarse a través del rap. Lo suyo es más que una forma de ganarse la vida: es una forma de estar en el mundo. Y como ellos, hay un montón de artistas que desde la calle también están haciendo cultura, todos los días, a su manera. 


Por: Emma Lichtenstein

 

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